Mientras Tú esperas - Parte III

Ella me miró con una sonrisa ladina, aún sentada en el centro del salón, con una copa en la mano y las piernas cruzadas como una diosa cruel. Raúl seguía de pie, firme, expectante. Yo, desnudo, arrodillado frente a ella, sin saber si estaba en un sueño o en una pesadilla erótica.

—Juan, mi amor… —dijo en tono suave, pero con filo— esta noche vas a experimentar algo diferente.

Me acarició la mejilla con ternura, pero en su mirada había algo más. Una chispa de fuego. Se puso de pie con elegancia, y sin dejar de mirarme, cogió a Raúl de la mano.

—Vamos a la habitación —dijo, sin ocultar su deseo—. Tú te quedas aquí.

—¿Qué…? —balbuceé, inseguro.

—No te muevas. No te atrevas a seguirnos. No vas a ver nada esta vez. Solo vas a escuchar. Vas a oír cómo me folla. Cómo me grita. Cómo me rompe. Y tú… tú vas a quedarte aquí, solo, duro y vacío.

Giró sobre sus talones y caminó con Raúl hacia el pasillo. Él me lanzó una mirada rápida, una mezcla de complicidad y desafío. Y antes de desaparecer tras la puerta, ella se giró y añadió con crueldad deliciosa:

—Ah, y si te tocas… no vuelvo a dejar que me toques con un dedo en semanas. ¿Entendido?




Asentí, derrotado. Y entonces la puerta del dormitorio se cerró casi del todo… no completamente. Dejaron una rendija. Justo la suficiente para que el sonido fluyera.

Y entonces empezó.

La oí reír. Esa risa que siempre me derrite. Después, un jadeo suave, y el sonido claro del primer beso. Largo. Chupado. Con lengua.

Después, el crujido de la cama. Un suspiro fuerte.

—Mmm... ya estás duro, ¿eh? —le susurró ella a Raúl, y su voz me taladró el pecho—. Vamos a ver si esta vez puedes aguantar más de cinco minutos antes de correrte.

Él gruñó algo, y el sonido húmedo de su boca besándole el cuello me hizo cerrar los ojos. Estaba completamente empalmado, sin tocarme, sintiendo cada palabra como una bala en el corazón… y en la polla.

—¿Escuchas eso, Juan? —gritó ella con picardía—. Es el sonido de tu mujer siendo follada como merece.

Y entonces llegaron los gemidos. Fuertes. Sinceros. Los de ella. Los que a mí me costaba tanto arrancarle. Gritaba su nombre. Se reía entre embestidas. Se burlaba, sin pudor. Lo animaba. Lo desafiaba.

—¡Así, así, no pares! ¡Más fuerte! ¡Más hondo! ¡Eso! ¡Sí, Raúl, sí!

Cada palabra era una daga. Cada golpe de carne, un eco húmedo en mi pecho.

No podía verlos. Pero podía imaginarlos con una claridad insoportable. Su espalda arqueada. Sus manos en sus caderas. Sus pechos rebotando con fuerza. Su coño empapado recibiéndolo sin resistencia.

Y yo ahí. En el salón. Como un perro atado. Como un espectador de mi propia humillación.

De pronto, oí su voz entrecortada, salvaje:

—¡Dímelo! ¿Quién te folla mejor? ¿Quién te deja temblando?

—¡Tú! ¡Tú, Raúl! ¡Joder, tú!

Me mordí los labios. No podía más. Mi cuerpo temblaba. La vergüenza me consumía, pero mi polla latía con violencia.

Ella no se detuvo.

—¿Y Juan? ¿Lo echas de menos?

—¡No! ¡Ahora no! ¡Ahora solo quiero tu polla!

Me corrí. Solo. Sin tocarme. Como un animal desesperado. El suelo bajo mis rodillas mojado de mi propio placer. Hundido. Roto. Rendido.

Y desde la rendija de la puerta, su voz salió de nuevo… suave, cruel, triunfante:

—Buen chico. Quédate ahí. Aún no hemos terminado contigo. 

La imagine sentada en la cama acomodándose el pelo y hablando en voz alta para que pudiera escucharla.



La puerta se abrió lentamente. Raúl salió primero, aún desnudo, con la polla enrojecida, húmeda, flácida… pero desafiante. Caminó hacia mí como quien marca su territorio. Detrás de él, ella apareció envuelta en una bata que no ocultaba nada, con el cabello desordenado y una sonrisa de victoria en los labios.

Yo seguía en el suelo, temblando, mi cuerpo cubierto del rastro de una corrida silenciosa, testigo de mi rendición.

—Arriba —dijo Raúl, con voz seca—. Vamos a jugar.

No me atreví a hablar. Me levanté. Ella me rodeó con calma y se colocó tras de mí, deslizando un dedo por mi espalda desnuda.

—Hoy vas a ser nuestro siervo. Nuestro juguete. Vas a obedecer sin rechistar. ¿Entendido?

Asentí.

Raúl se sentó en el sofá como si fuera el dueño de la casa. Ella se colocó sobre sus rodillas, mirándome con los ojos entrecerrados, como una reina cruel que decide el destino de su bufón.

—Mira bien cómo me siento en él —susurró, hundiéndose sobre su regazo, dejando que la bata se abriera por completo—. Esto, Juan… esto es un hombre.

Raúl se rió suave, mientras sus manos la recorrían sin pudor. Yo no podía apartar los ojos.

—Ven aquí —ordenó ella—. De rodillas, entre nosotros.

Obedecí, arrodillándome entre sus piernas. Sentía el calor de sus cuerpos, sus olores mezclados, sus fluidos aún frescos. Estaba a centímetros de la polla de Raúl, que empezaba a endurecerse otra vez, provocadora.

—¿Sabes qué harás ahora? —me preguntó Raúl, tomando mi barbilla con fuerza—. Vas a mirar cómo la hago correrse otra vez. Pero esta vez… tú vas a ayudar.

Me quedé paralizado.

—No con la polla —aclaró él, burlón—. Tú solo vas a sostenerla. Vas a tenerla abierta para mí. Vas a mostrarme ese coño que tanto dices amar, mientras yo lo hago mío delante de tus ojos.

Ella se levantó, giró y se colocó a horcajadas en el sofá, de espaldas, su coño a escasos centímetros de mi cara. Estaba húmeda, hinchada, viva. Me ardía el pecho.

—Sepárame los labios con tus dedos —dijo sin mirarme—. Suavemente. Que Raúl vea bien.

Lo hice. Humillado. Temblando. Sostuve a mi mujer abierta como un altar profano, mientras él se acercaba por detrás y volvía a hundirse dentro de ella. Ella gritó con fuerza, como si fuera la primera vez, y yo, arrodillado, no podía hacer más que contemplarlo.

Raúl la follaba con una cadencia rítmica, brutal, y ella se apoyaba sobre mí, sus manos en mis hombros, usándome como punto de apoyo mientras se dejaba poseer.

—Estás temblando, Juan —se burló—. ¿Estás celoso? ¿O estás disfrutando?

No supe qué responder.

—¿Quieres que pare? —preguntó ella entre gemidos—. Dilo… vamos, Juan… dímelo a la cara.

—No… no pares —murmuré, con la voz rota.

—Eso pensé.

Raúl volvió a empujar con fuerza, haciendo que mi rostro casi se estrellara contra sus nalgas, mientras yo seguía sosteniéndola, sirviendo como soporte, como testigo, como nada.

Cuando ella se corrió, lo hizo gritando su nombre. No el mío. Y no me miró ni una sola vez. Ni siquiera cuando él también terminó, jadeando como un animal, mordiéndole el cuello, sujetándola como si fuera suya.

Solo entonces ella se giró y me acarició el rostro con dulzura.






Todo quedó en silencio tras el último gemido de Ana. Raúl se retiró con esa seguridad que siempre lo envolvía, dejándola sobre el sofá, jadeante y aún temblando. Yo seguía de rodillas, con los dedos húmedos por haberla sostenido, por haber sido testigo tan de cerca de su placer ajeno. Mi pecho latía con fuerza… pero mis ojos, esos, solo buscaban los suyos.

Ana se giró lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido. No tenía vergüenza en la mirada, ni arrepentimiento. Tenía algo más fuerte, ternura. Me tomó el rostro entre sus manos y se inclinó, rozando su frente con la mía, desnuda, sudada, abierta… mía.

—Juan… mírame —susurró—. Dime si estás bien. Necesito que me digas si todo esto… si todo esto te hace sentir mal. Si he ido demasiado lejos.

Tragué saliva. La presión del pecho se me soltó un poco con esa frase. Ella lo sabía. Lo sabía todo. Mi dolor, mi excitación, mi humillación… pero también que, en el fondo, en lo más profundo, algo de todo esto me encendía.

—No lo sé —respondí con honestidad, sin esconder el temblor en mi voz—. Me duele… pero me gusta. Y me duele que me guste.

Ana me abrazó. No como una amante. Como mi mujer. Como la madre de mis hijos. Como la única persona que conocía todas mis grietas y las amaba una por una.

—Quiero decirte algo —me susurró al oído—. Te amo, Juan. Eres el amor de mi vida. Raúl… él es otra cosa. Es sexo, es fuego, es caos. Pero tú… tú eres mi hogar. No hago esto para herirte. Lo hago porque quiero descubrirme contigo. Porque sé que, cuando te miro así, arrodillado, vulnerable… también estás sintiendo algo muy tuyo. Muy profundo. Y no quiero seguir si esto te rompe. Solo si nos une. Solo si tú me lo permites.

Me apretó con más fuerza, y su voz se quebró por primera vez.

—¿Te he lastimado demasiado? ¿Quieres que paremos aquí? ¿O quieres seguir… conmigo?

Mi respuesta tardó. No porque dudara de ella. Dudaba de mí. De si era capaz de soportar esa mezcla entre entrega y dolor. Pero cuando abrí los ojos y vi los suyos, entendí que ese era nuestro nuevo lenguaje.

—Quiero seguir —susurré—. Pero prométeme que si en algún momento te necesito para volver… vas a estar.

—Siempre —dijo—. Soy tuya. Y lo sabes.

Nos abrazamos por largo rato. Raúl, desde la otra habitación, no interrumpió. Tal vez supo que ese instante no le pertenecía.

Ana me besó con dulzura. Sus labios eran suaves, su boca aún sabía a sexo. Pero no me importó. Me dejé llevar. Cerré los ojos. Y sentí que por un instante, todo era perfecto en su contradicción.

Ella me acarició el pecho, descendiendo lentamente.

—¿Quieres que vaya a buscarlo para despedirnos? —preguntó, susurrante, como si el poder se hubiera vuelto a repartir entre nosotros.

Asentí.



Ana volvió de la habitación en silencio. Sus pasos eran suaves, lentos… distintos a los que la llevaron a la cama con Raúl minutos antes. Venía desnuda, despeinada, con las mejillas encendidas y el cuerpo aún vibrando de deseo, pero en sus ojos no había fuego… había amor.

Me encontró aún sentado en el salón, las piernas abiertas, las manos apoyadas sobre los muslos, sin saber si debía levantarme o desaparecer. Pero fue ella la que se arrodilló esta vez. Se acomodó entre mis piernas, me tomó la cara y simplemente me miró.

—Ahora solo tú y yo —me dijo, sin más.

Apoyó su frente contra la mía. Su piel ardía. Sus labios temblaban. Y su respiración estaba entrecortada, pero no por Raúl… por mí. Por nosotros.

—Quiero que me sientas —susurró—. Que no tengas dudas. Que me folles como sabes hacerlo. Que me poseas de verdad. No como venganza… sino como quien reclama lo que siempre fue suyo.

Me puse de pie, la tomé por la cintura y la levanté con facilidad. Ella rodeó mi cuello con las piernas y dejamos caer los dos cuerpos sobre el sofá. La besé como no lo hacía en semanas. Profundo, lento, cargado de emoción. Mi lengua buscó la suya y se encontraron con hambre contenida, con una necesidad que no tenía nombre.

—Estás preciosa… —le dije entre besos—. Toda tú… eres mía.

—Soy tuya, Juan… lo he sido siempre —me respondió con un hilo de voz mientras yo la recorría con las manos, reconociendo cada rincón de su cuerpo.

Me acomodé encima de ella y la penetré despacio. Muy despacio. Esta vez no era fuerza. Era intimidad. Era conexión. Ana arqueó el cuerpo, me abrazó con las piernas, y nos quedamos así, quietos, sintiéndonos.

—Te amo —me dijo al oído—. No quiero que lo olvides nunca, ni en medio de todo esto. Te amo como jamás he amado a nadie. Y todo lo que hacemos… lo hacemos porque sé que tú también lo sientes. Y si en algún momento dejo de verte, si te pierdo entre el deseo… tú me detienes, ¿sí?

—Lo prometo.

Me moví con ritmo suave, pero firme. Ella gemía bajito, con los ojos cerrados y los labios húmedos. Me aferraba la espalda con las uñas, y yo le besaba el cuello, el pecho, la clavícula. La adoraba en cada embestida, la poseía con respeto, con ternura… con hambre emocional.

—Eres suficiente —le dije—. No necesitas darme más. Yo ya lo tengo todo contigo.

—Pero quiero hacerlo —me respondió—. Porque sé que también lo necesitas. A tu manera. Como yo. Este juego nos da algo que no sabíamos que teníamos. Pero tú, Juan… tú eres mi verdad.

Nuestras caderas comenzaron a chocar con más fuerza. Ella jadeaba y me pedía más. Pero no como a Raúl. Me lo pedía con amor. Me lo pedía como quien entrega el alma, no solo el cuerpo.

Me corrí dentro de ella, con los ojos húmedos, mientras Ana me abrazaba con fuerza, con una sonrisa casi infantil, mezcla de ternura y placer.

Nos quedamos abrazados, piel con piel, sin palabras. Solo nuestros cuerpos respirando al mismo ritmo.

No hacía falta decir nada.

Ella era mía. Y yo, suyo.

Aunque el juego con Raúl continuara. Aunque la oscuridad nos rodeara.

Ese momento… era solo nuestro.


Pasamos la semana con el ajetreo del día a día, trabajo, niños, familia, pero con una energía distinta después de la experiencia tan extrema que habíamos vivido.


El viernes por la noche por fin tuvimos un momento para estar a sola y poner nuestras ideas al día:


—Juan… —la voz de Ana era suave, casi inocente, mientras se acomodaba a horcajadas sobre mí en la cama—. ¿Puedo preguntarte algo… sin que huyas?

Yo asentí, tragando saliva. Ana estaba desnuda, con el cabello revuelto y la piel aún marcada por las caricias recientes de otro hombre. Pero sus ojos… esos ojos eran míos.

—¿Te gusta esto? —me dijo con una sonrisa ladeada, sin bajar la mirada—. ¿Te gusta verme con otro? ¿Ver cómo me corro, cómo me folla, cómo me usa? ¿Te gusta… ser mi cornudo?

El silencio me cayó encima como un golpe de calor. Sentí cómo se erizaba cada centímetro de mi piel. Me ardían las mejillas, no sabía si por vergüenza, por excitación… o ambas.

—Sí —susurré—. No sé cómo… pero sí.

Ana sonrió de forma tan tierna que dolía.

—Entonces no hay nada que ocultar. No hay culpa, Juan. Esto que somos… lo hemos construido tú y yo. Nadie más. Ni Raúl, ni lo que diga el mundo. Tú eres mi marido, mi cómplice, mi amor. Pero también… eres mi cornudo consentido. Y eso te excita, ¿verdad?

Bajó lentamente por mi pecho, dejando un rastro de besos húmedos hasta llegar a mi abdomen. Me estaba provocando con la voz, pero también con cada roce, cada palabra cargada de verdad.

—Me vuelve loca verte mirando desde la sombra. Me pone ver cómo luchas con tu orgullo mientras me abro de piernas para otro. Cómo te duele y te excita a la vez. Esa contradicción te pertenece, Juan. Es tuyo… y mío.

Yo la miraba, duro como una piedra, atrapado en su voz, en esa mezcla de dulzura perversa y entrega sincera.




—A veces pienso que esto es muy loco… —confesé—. Que debería sentirme menos… hombre.

Ella alzó la mirada, desafiante.

—¿Menos hombre? No, Juan. Eres más hombre por aceptarlo. Por sostener esta locura conmigo. ¿Sabes el poder que tienes? El de verme libre, el de no necesitar controlarme para amarme. El de saber que aunque me folle otro, soy tuya.

Sus palabras me quemaban. Se subió de nuevo sobre mí, rozando mi erección con su cuerpo húmedo, aún con rastros de lo vivido con Raúl. Se inclinó hacia mi oído y murmuró:

—Y ahora quiero escucharlo de tu boca… Dímelo. Dime que te gusta ser mi cornudo. Dime que quieres que siga.

Me costó, pero lo dije. No por sumisión, sino por revelación:

—Me gusta. Me excita. Quiero que sigas, Ana. Quiero que me hagas tuyo… así.

Ella me besó con fuerza, con una pasión que me desarmó por completo.

—Entonces prepárate… porque esto solo empieza.

Se levantó, me dejó solo en la cama, y fue directo al baño. Al rato, volvió con el móvil en la mano. Sus ojos brillaban de emoción, de perversión… y de amor. Me miró, seria pero dulce.

—Le voy a escribir a Raúl. Le voy a decir que puede venir esta noche. ¿Te parece bien?

Yo asentí, con un nudo en el estómago y el corazón latiendo en la punta del sexo.

Ana sonrió y escribió con una seguridad que me quitó el aliento.

—Esta vez… quiero que te sientes en la esquina y no digas nada. Solo observa. Quiero que sientas todo. El deseo. La rabia. El amor. Y que sepas… que después, cuando él se vaya, seguirás siendo el único hombre al que amo.




La mañana era clara, tranquila. Como si el mundo no tuviera idea de lo que se estaba gestando entre nosotros. Ana se había despertado antes que yo, se duchó, se maquilló con mimo, y cuando bajé a la cocina, me esperaba con una sonrisa que conocía bien… una sonrisa que prometía caos, pero del bueno.

—¿Quieres acompañarme de compras? —me preguntó con calma—. Quiero estar perfecta para esta noche con Raúl. Quiero algo que lo vuelva loco.

Me congelé un segundo. Lo dijo sin disimulo, sin medir. Pero sus ojos me buscaban, atentos a cada reacción. Ella disfrutaba de esa tensión.

—Claro —dije al fin, tragando saliva—. ¿Ya tienes algo en mente?

—No del todo. Pero quiero que me ayudes a elegir… como mi cómplice, ¿sí? Quiero que veas lo que me voy a poner para que sepas exactamente cómo voy a volver a casa después de que él me lo arranque.

Solté una risa nerviosa. Ana era imparable cuando se metía en ese rol, tan segura, tan suya. Pero también tan mía.

El centro comercial nos recibió como a cualquier pareja. Caminábamos de la mano, hablando de cosas banales entre tienda y tienda. Pero el peso de lo no dicho se colaba entre nosotros como un segundo idioma.

—Quiero algo corto, ceñido, sin sujetador —dijo mientras revisaba perchas en una tienda de ropa provocadora—. Algo que lo vuelva animal.

Me mordí el labio. Verla ahí, buscando ropa para otro, pero conmigo… era un tipo de tortura deliciosa.

—¿Y qué te parece esto? —preguntó alzando un vestido negro, lencero, casi transparente.

—Es… muy directo —logré decir.

—Exacto —respondió ella, con picardía—. ¿Y tú, Juan? ¿Qué sentirías si me ves entrar en el hotel con esto? ¿O prefieres algo más… sutil, que insinúe sin mostrar?

—No lo sé —confesé. Ella me estaba llevando al límite, pero lo hacía con una dulzura que desarmaba.

—Bueno, ven conmigo al probador. Quiero que lo veas puesto. No entres, solo quédate cerca. Voy a salir para que me mires como lo haría él… pero tú vas a ser el primero en verme.

Mi corazón latía desbocado. Me senté frente a los probadores mientras Ana entraba con varias prendas. Pasaron unos minutos y entonces se abrió la cortina. Ana salió con un vestido corto rojo, que le abrazaba las curvas con descaro. No llevaba sujetador, y era obvio.




—¿Y bien? —preguntó, girando sobre sí misma—. ¿Crees que a Raúl le gustaría? ¿Crees que me lo quitaría despacio… o me lo rompería con las manos?

Yo estaba tieso, en silencio, luchando contra mi propia excitación.

—Creo que… sí. Que se volvería loco.

Ella se acercó, se inclinó apenas y me susurró:

—¿Y tú, mi amor? ¿Estás loco también? ¿Te gusta imaginarme vestida para otro? ¿Pensando en cómo voy a provocarlo, calentarlo, follármelo?

Asentí, sin voz.

—Entonces esto es tuyo también, Juan. Cada risa que me saque, cada caricia que me robe… todo eso vuelve a ti. Yo vuelvo a ti, tú eres parte de esto. Aunque nadie lo sepa.

Cerró la cortina, dejándome solo frente a mis pensamientos, ardiendo. Desde dentro, su voz sonó otra vez, juguetona.

—Por cierto… no llevo bragas. Solo quería que lo supieras.




Salimos de la tienda sin comprar nada aún. No le hacía falta. Ana ya había conseguido lo que quería, encenderme con la mente, revolverme con palabras. En el coche, mientras conducía, la tensión seguía allí.

—¿Sabes qué me gustaría esta noche? —dijo mientras miraba por la ventana—. Que te quedaras en casa mientras yo me voy. Que te quedes con lo que viste hoy, imaginando cómo me lo quita, cómo me folla. Y que cuando vuelva… me recibas sin preguntar. Solo mirándome.

—¿Y si te dijera que no puedo? Que me rompe por dentro…

—Te besaría —dijo sin girarse—. Y te diría que eres el hombre más valiente que conozco. Porque amar así, desnudo, es de valientes.

Nos miramos en un semáforo, y en sus ojos vi algo que no era lujuria ni juego. Era amor. Perverso, complejo, salvaje… pero verdadero.

—¿Y si te dijera que sí? —pregunté—. Que quiero eso. Que necesito ese dolor, porque me hace sentirte viva.

Ana sonrió y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Entonces esta noche… va a ser inolvidable.





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