Lo que merece un cornudo.



No todas las humillaciones son iguales. Algunas son sutiles, como una mirada cómplice entre mi amante y yo mientras mi marido intenta no derretirse de celos. Otras son directas, crueles, deliciosamente despiadadas. Especialmente cuando el motivo es claro: una polla ridículamente pequeña.


Sí, hay que decirlo sin pudor. ¿Qué puede ofrecerme un hombre que apenas me llena? Nada. Y eso lo sabe él, lo sé yo… y lo saben mis amantes. Por eso, un cornudo de polla chica no solo debe aceptar su lugar. Debe agradecerlo. Aquí algunas de mis formas favoritas de humillarlo como merece:




1. Comparaciones públicas y privadas

Cuando estamos en confianza, me encanta hablar de tamaños reales. De lo que se siente de verdad. A veces lo hago delante de él, otras veces lo obligo a escuchar desde otra habitación. Le describo la sensación de ser “rellenada” como nunca podría hacerlo él. Le hablo del grosor, del peso… y luego me río de su “versión de juguete”.


2. Hacerle sostener condones XL

Una de mis rutinas favoritas es hacer que él saque los condones del cajón… y se los entregue a mi amante. Siempre XL. Siempre grandes. Lo miro, le sonrío y le digo:

—No te preocupes, cariño. Para ti no se fabrican.

El rubor que le sube por la cara es oro puro.


3. Negarle el sexo, pero hacerle mirar

Si su pene no sirve para darme placer, ¿para qué usarlo? Lo mejor es dejarlo sin nada. Cinturones de castidad, castigos de abstinencia… y sesiones largas de observación. Que vea cómo un macho me hace gritar. Que escuche cómo lo llamo “mi verdadero hombre”. Que lo entienda: él no entrará más.



4. Dejar que mis amantes se burlen de él

Nada como abrir la puerta en lencería mientras mi amante entra, mirar a mi marido y decirle:

—Póntate cómodo, cariño. Ellos sí van a hacerme disfrutar.

Y luego dejar que hablen entre ellos, como si él no existiera. A veces hasta le dicen:

—¿Eso es lo que usabas con ella? No me extraña que busque otras pollas.



5. Hacerlo pedir permiso para masturbarse… y negárselo

No hay mayor control que el mental. Me encanta verlo desesperado, duro y humillado, suplicando que le permita tocarse. Y decirle que no. O, peor aún, decirle que solo puede hacerlo cuando yo me corro con otro. Mientras le describo cómo fue.



Porque sí: tener una polla pequeña no es solo una desventaja física. Es un símbolo. De rendición, de sumisión, de cornudo perdedor. Y cada humillación que le aplico no es crueldad. Es justicia. Es darle exactamente el lugar que le corresponde.


Y él lo sabe. Por eso se queda siempre dócil como un imbécil y cornudo a mi lado, por eso lo amo.


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