No podía creer lo que estaba ocurriendo. Estaba follando con mi marido, su pene aún dentro de mí, mientras mi cuerpo seguía resentido por lo que había vivido con Raúl horas antes. Sentía una mezcla de morbo, placer y poder. Le estaba contando a Juan, sin filtros ni tabúes, lo que había pasado con Raúl. Le miraba a los ojos y le decía, con una sinceridad feroz, que otro hombre, con una polla más grande, me había destrozado el coño. Le confesé, algo avergonzada, que aún tenía muy presente a Raúl, su olor, su cuerpo perfecto, su forma de tocarme.
La reacción de Juan me sorprendió, se empalmó como nunca antes. Su respiración se aceleró, su cuerpo vibraba como si estuviera viviendo la escena conmigo, ávido de detalles. Supe entonces que para él también era liberador. Cada movimiento de mi cuerpo provocaba un estremecimiento en el suyo. Apreté mis glúteos contra él, chocando con sus huevos, mirándole con firmeza, con el control total de la situación. Me sentía dominante, dueña de la escena. Le susurré: “Anoche me follaron como nunca”.
Juan no estaba acostumbrado a ese tipo de confesiones… y tampoco sé por qué se lo dije. Me salió del alma. Él no pudo resistirlo. Me agarró el culo con fuerza y se corrió con un gemido contenido, su cuerpo temblando incontrolablemente. Fue un instante que marcó un antes y un después en nuestra relación.
Yo no llegué al orgasmo, pero no lo necesitaba. El placer que sentí fue distinto, más profundo. Me quedé con él dentro, abrazados, como imanes, prolongando ese momento eterno hasta que su polla flácida se deslizó fuera de mí.
Acalorados, nos miramos. No hubo necesidad de palabras. Ambos sabíamos que acabábamos de vivir algo tan intenso como único. Juan me abrazó y nos dejamos vencer por el sueño, entrelazados, hasta la mañana siguiente.
Al despertar, la escena seguía rondando en mi mente. Juan aún dormía profundamente. No quise molestarlo y bajé a la cocina a prepararme un café. Mientras se calentaba, noté varias notificaciones en el móvil. Una era de Raúl. Sentí una oleada de emoción y deseo. El mensaje era privado, no en el grupo que compartíamos con Juan. Me invadió una culpa inesperada. Por primera vez, estaba en contacto con un hombre solo, sin pareja. Lo abrí.
Raúl decía que había sido una de sus mejores experiencias y que, si Juan y yo estábamos de acuerdo, le encantaría repetir. El mensaje era directo. Dudé. ¿Debía consultarlo primero con Juan? Pero me pudieron los nervios, y respondí por los dos que también para nosotros había sido muy positivo y que estaríamos encantados de repetir. Cuidé las palabras para no sonar vulgar.
Raúl leyó el mensaje, pero no respondió. Lo admito, me quedé con ganas de más. La excitación volvió, así que pensé en despertar a Juan con un buen polvo mañanero. Además, no teníamos mucho tiempo antes de que llegaran los niños y su madre.
Con una sonrisa traviesa y mordiéndome un dedo, me subí encima de él, que ya estaba medio despierto.
—Buenos días, amor. ¿Descansaste bien? Espero que sí, porque necesito que me folles fuerte… estoy muy cachonda.
La mirada de Juan cambió al instante, como la de un león al acecho. Me giró con fuerza y comenzó a besarme con una pasión desbordante. Corrió mis braguitas a un lado y me penetró de una sola embestida. Aún me dolía el coño de la noche anterior y se lo hice saber con vergüenza. Su reacción fue inmediata, su polla se endureció aún más y empezó a moverse con una intensidad salvaje.
Mi mente voló al hotel, a Raúl. A su cuerpo, a su olor, al grosor de su polla que aún sentía dentro de mí. No pude evitarlo, me excité tanto que me corrí con fuerza, dejando escapar gemidos imposibles de disimular. Estaba en trance. Mi cuerpo estaba con Juan, pero mi cabeza seguía reviviendo cada segundo con Raúl.
Juan seguía embistiéndome, sus manos firmes en mis caderas, marcando el ritmo. En medio del placer, sin darme cuenta, gemí el nombre de Raúl. Al instante me invadió la vergüenza. ¿Cómo podía haberlo hecho? Estaba follando con mi marido… y había dicho el nombre de otro. No me atrevía ni a mirarlo.
Pero Juan, al oírlo, se estremeció. Sus manos me apretaron aún más fuerte. Se corrió con un suspiro ahogado, con una expresión de pudor que no supo esconder.
Fue extraño. Habíamos disfrutado como nunca, pero el momento quedó teñido de una incomodidad nueva. Juan se levantó, nervioso, murmuró que iba a ducharse. Asentí con una sonrisa tímida y me quedé tumbada, procesando todo.
Qué torbellino de emociones. Ahí estaba él, el padre de mis hijos, duchándose después de haberse corrido pensando en cómo otro hombre me había follado. Una escena insólita incluso para mí, que siempre me he considerado de mente abierta. Y aun así, me sentía increíblemente excitada.
Cuando salió, nos cruzamos con un beso tierno. Un relevo silencioso.
La mañana pasó volando. Llegaron los niños y la madre de Juan, y no tuvimos oportunidad de hablar de lo ocurrido. Pero ambos sabíamos que esa conversación tenía que llegar.
La mañana transcurrió entre cafés, dibujos animados y risas infantiles. Pero por dentro, algo palpitaba. Cada roce accidental con Juan, cada cruce de miradas, estaba impregnado de lo que habíamos vivido horas antes. No habíamos dicho una sola palabra sobre el polvo de la mañana, ni del nombre que se me escapó entre gemidos… pero el silencio lo decía todo.
Después de comer, cuando por fin logramos que los niños se entretuvieran con la abuela, Juan y yo nos refugiamos en nuestra habitación con la excusa de una siesta. Cerramos la puerta. Nos miramos. El ambiente se cargó de inmediato.
—¿Te excita pensar en Raúl? —me dijo en voz baja, casi ronca.
No respondí. Me acerqué y deslicé mi mano por su pantalón. Estaba duro. Increíblemente duro. Me arrodillé sin decir nada, le bajé el pantalón y dejé que su polla saliera libre, tiesa, caliente, palpitante. Me la llevé a la boca sin esperar instrucciones, saboreando cada centímetro como si fuera la primera vez. Él se dejó caer sobre la cama, jadeando.
—¿Así se la chupaste a Raúl? —preguntó con los ojos cerrados, disfrutando.
Le miré desde abajo. Mis labios húmedos resbalaban por su tronco, mi lengua jugaba en la punta.
—No… —dije entre chupadas—. A Raúl le mordí suavemente los huevos mientras le masturbaba con la boca. Le encantó.
Juan gimió. No sé si de celos, de deseo o de pura locura. Agarró mi cabeza con ambas manos y empezó a moverse él, follándome la boca sin piedad. Me provocó arcadas, pero no paré. Me encantaba sentir su entrega. Quería que lo diera todo.
Cuando sentí que iba a correrse, me aparté. Le empujé hacia el colchón, me quité las braguitas, y me subí encima de él, dejando que su polla entrara despacio, con fuerza. Me dolía. Sí. Todavía me escocía. Pero eso sólo lo hacía más morboso.
—¿Notas cómo me duele? —le dije entre gemidos—. Es por Raúl… aún me duele el coño de cómo me folló.
Juan soltó un gruñido brutal. Agarró mis caderas y comenzó a moverse desde abajo, con fuerza, con rabia. Yo cabalgaba sobre él sin descanso, sintiendo cómo me llenaba, cómo rozaba donde más me gustaba. Estaba empapada. El dolor se convertía en placer con cada embestida.
—¿Te gusta saberlo? ¿Te gusta saber que Raúl me folló como un animal? —le provocaba.
Él me mordió el pezón con fuerza, sin responder, y luego me levantó en vilo. Me giró como si no pesara nada y me puso a cuatro patas. Me la metió de nuevo, esta vez sin miramientos, golpeando el fondo. Se notaba que necesitaba marcar su territorio, reafirmarse. Y eso me volvió aún más loca.
—Dime que soy mejor que Raúl —me exigió al oído mientras embestía—. Dímelo ahora.
No lo hice. En cambio, solté una carcajada y arqueé más la espalda para que entrara más profundo.
—No puedo mentirte… —le susurré, entre jadeos.
Y eso lo desató del todo. Me folló con una intensidad que rozaba lo animal. Mi cuerpo se sacudía con cada golpe de cadera. Me agarraba fuerte de la cintura, de los brazos, del cuello. Quería poseerme, reclamarme, pero también disfrutar del morbo que le quemaba por dentro.
Cuando noté que iba a correrse, apreté el coño con fuerza, como si quisiera estrujarle la polla.
—Hazlo dentro… quiero sentirte —le pedí, y fue como si le encendiera un fuego imposible de apagar.
Con un gemido desgarrado, se corrió dentro de mí, derramándose profundo, temblando, jadeando sobre mi espalda.
Yo me tumbé boca abajo, con su semen escurriéndose entre mis muslos, respirando con dificultad. Él se dejó caer a mi lado, sin decir nada, con la mirada perdida en el techo.
Durante minutos no nos movimos. La habitación olía a sexo, a sudor, a deseo cumplido. No había nada más real en ese momento que nuestros cuerpos extenuados.
Me giré hacia él, acariciándole el pecho con la yema de los dedos.
—¿Te asusta lo que estamos viviendo? —le pregunté en voz baja.
Él negó con la cabeza.
—No… pero me cambia. Me remueve por dentro. Me gusta y me asusta al mismo tiempo.
Nos quedamos así, entrelazados. Y por primera vez, entendí que el sexo era sólo la puerta de algo mucho más profundo. Estábamos explorando una nueva dimensión como pareja… una donde el deseo, los celos, el poder y el amor se mezclaban en una combinación explosiva.
Esa noche no hablamos mucho más. La visita de la abuela, los niños, la cena… todo parecía normal. Pero en el fondo, ambos sabíamos que nada lo era. Que algo se había activado dentro de nosotros. Un fuego que ya no podíamos apagar.
Juan se durmió antes que yo. Yo me quedé con el móvil en la mano, bajo las sábanas, en silencio, esperando. Esperando una notificación. Una respuesta.
Y llegó.
Raúl:
"¿Puedo verte mañana a solas? No quiero sexo… solo quiero verte. Tomar un café. Hablar. Pero si surge… tampoco lo voy a evitar."
Sentí el estómago encogerse. No por miedo. Por deseo. Por nervios. Por ese calor entre las piernas que se encendía con sólo leer su nombre.
Le contesté sin consultar a Juan.
"Mañana a las 11. En el hotel."
No dormí mucho. A la mañana siguiente, inventé una excusa simple, una reunión con una amiga. Juan me miró en silencio. Me creyó. O quiso hacerlo.
Me arreglé más de lo habitual. Ropa interior nueva. Sujetador de encaje negro. Tanga beige mínimo. Un vestido corto, ligero, sin sujetador. Y sin culpa.
Cuando llegué al hotel, Raúl ya estaba allí. Apoyado en la barandilla, café en mano, camiseta gris que marcaba cada músculo, y esa mirada suya… jodidamente segura, jodidamente suya.
No dijimos ni hola. Me tomó la cara con las manos y me besó. Un beso lento, húmedo, profundo, que me empapó entera. Me hizo caminar hacia atrás, hasta la habitación. Cerró la puerta con el pie sin dejar de besarme.
—¿Estás segura? —me preguntó con voz baja, sus labios rozando los míos.
—No vengas con eso ahora —le susurré, bajando la cremallera del vestido.
Me lo quité delante de él. Sin prisa. Me sentí poderosa. Desnuda con mis tacones, mi piel erizada, mis pezones duros. Raúl me miraba como si fuera un manjar. Me empujó suavemente hacia la cama, me hizo sentar al borde. Se arrodilló frente a mí y comenzó a besarme el vientre, el interior de los muslos. No me tocaba el coño aún. Me tenía en vilo.
Y entonces lo hizo.
Su lengua era lenta, firme, profunda. Jugaba con cada pliegue, cada rincón. Me agarraba los muslos con fuerza para que no me escapara. Le miré y vi sus ojos clavados en los míos mientras me comía el coño como si fuera su droga. Me volví loca. Me corrí tan fuerte que grité su nombre sin vergüenza.
Me temblaban las piernas cuando me incorporé. Me tiré sobre él, lo desnudé con hambre. Su polla ya estaba lista, tan gruesa como la recordaba, dura como acero. Me monté sobre él, mojada, abierta, ansiosa.
—Te he soñado —le dije al oído—
Me follaba desde abajo, marcando cada embestida, cada centímetro. Me sujetaba las tetas con ambas manos, las mordía, las besaba. Yo gritaba, jadeaba, me dejaba. Y cuando me puso boca abajo sobre la cama y me metió la polla desde atrás, agarrándome del pelo y azotándome suavemente el culo, supe que no había marcha atrás. Lo deseaba. Lo quería. Lo necesitaba.
—Eres de Juan —me decía entre embestidas—, pero este coño… este coño es mío.
—Sí… sí… es tuyo ahora —gemía—, folla este coño como quieras.
Me vine una segunda vez. Luego una tercera, mientras él me llenaba por dentro, caliente, profundo, gruñendo como un animal al correrse. Nos quedamos así, sudados, enredados, en silencio.
—¿Y Juan? —preguntó finalmente.
Me quedé callada.
—Juan ya sabe a qué vine —le confesé después de un minuto—. Y no me detuvo.
Raúl me miró serio, acariciando mi cadera.
—Entonces esto… esto no ha terminado —dijo.
Y tenía razón.
Esa noche, después de acostar a los niños y despedir a la abuela, el silencio de la casa se volvió denso. Juan estaba en el sofá, viendo algo en la televisión, fingiendo que no esperaba nada. Pero yo lo conocía. Su cuerpo hablaba por él, espalda tensa, piernas cruzadas, la mandíbula apretada. Llevaba todo el día sin decir una sola palabra sobre mi “reunión”.
Y eso me excitaba.
Me fui a la habitación. Me duché. Me perfumé. Me puse la misma lencería que usé con Raúl. Quería que el olor quedara impregnado. Que el cuerpo de Juan la reconociera sin saber por qué. Me miré en el espejo. Estaba empoderada. Hermosa. Llena de deseo.
Salí con una bata de seda abierta, sin nada debajo. Caminé descalza hasta el salón, sin decir palabra. Juan giró la cabeza. Me vio. Y su expresión cambió por completo.
—Ven conmigo —le dije. Sin preguntar. Sin pedir permiso.
No respondió. Solo se levantó, obediente. Lo llevé a la habitación. Lo senté al borde de la cama. Me puse entre sus piernas. Lo miré desde arriba. Deslicé la bata por mis hombros hasta dejarla caer al suelo.
—¿Quieres saber qué hice hoy? —le pregunté mientras tomaba su rostro con una mano.
Asintió. Tragó saliva. Estaba duro. Lo sentía a través del pantalón. Su polla ya me suplicaba.
—Me comió el coño en la habitación 212 —le dije al oído—. Me hizo gritar. Me folló de pie contra el espejo, con mi cara empañando el cristal. Me monté sobre él. Me corrí más de una vez. Y cuando terminó… le pedí más.
Juan cerró los ojos. Se le escapó un gemido bajo, ronco, animal.
—Y ahora… —le susurré mientras desabrochaba su cinturón— ahora quiero que lo sientas. Quiero que sientas lo que él me dejó dentro. Quiero que te corras dentro de mi coño, aún caliente por Raúl.
Bajé sus pantalones. Su polla saltó dura y palpitante. Me la metí en la boca con hambre, con rabia, con poder. Lo tenía agarrado de los muslos. Él gemía, se dejaba, no sabía si estaba en el cielo o en el infierno.
Luego lo empujé hacia atrás, lo monté a horcajadas, mirándolo fijo a los ojos. Hundí su polla dentro de mí, lenta, mojada, aún dilatada por Raúl. Juan cerró los ojos fuerte.
—¿La sientes? —le pregunté—. ¿Sientes cómo me dejó? ¿Sientes lo abierta que estoy?
Él no podía hablar. Solo asentía, con la respiración entrecortada, los músculos tensos, los dedos aferrados a mis caderas.
Me moví encima de él con fuerza. Le giré la cara hacia un lado y le lamí el cuello. Le mordí la oreja. Le hablé sucio. Le conté cómo Raúl me llenó la boca, cómo me agarró del cuello mientras me follaba de espaldas. Cómo sus dedos me apretaban el culo con violencia.
Juan estaba fuera de sí. Nunca lo había visto así. Era vulnerable. Pero no débil. Estaba completamente entregado. Dominado por mí. Por lo que habíamos creado.
Cuando me corrí, me temblaron las piernas. Me aferré a su pecho. Lo sentí gemir debajo mío. Se vino adentro con una fuerza que lo sacudió entero. No hizo falta decir nada.
Me tumbé sobre él. Aún jadeante. Aún con su polla palpitando dentro de mí. Le acaricié el pelo. Le besé los labios, ahora sí, con dulzura.
—Esto es nuestro, Juan. Nadie más lo entiende. Pero nosotros sí.
Él me abrazó fuerte. Y esa noche, por primera vez, fuimos los tres en uno: él, yo… y la sombra de Raúl.
Desde aquella noche, algo en nosotros cambió. No lo hablamos. No lo acordamos. Pero sabíamos que habíamos descubierto una nueva forma de excitarnos… y empezamos a jugar con eso. Como un veneno dulce. Como un juego peligroso del que no queríamos salir.
Yo me encargaba de alimentar la tensión.
Cada mañana me vestía más provocadora. Me ponía vestidos sin ropa interior. Le dejaba ver mi coño depilado mientras me agachaba a propósito. Le susurraba al oído “aún estoy húmeda de ayer”. Y él… se derretía. Se ponía duro sin tocarlo. Me seguía por la casa como un animal en celo.
Una tarde, mientras los niños estaban en casa de su abuela, le propuse un juego.
—Quiero que me toques —le dije—, pero sin besarme. Sin hablar. Solo con las manos.
Nos encerramos en la habitación. Me tumbé desnuda sobre las sábanas. Juan se arrodilló a mi lado, con sus ojos llenos de deseo contenido. Me tocó como si no pudiera creer que tenía permiso. Sus dedos recorrieron mis muslos, mi vientre, mis pezones erectos… pero no me besó. No dijo ni una palabra.
Yo cerré los ojos y empecé a hablar.
—Raúl me folló en esta misma postura. Me lamió el coño tan lento que pensé que me iba a volver loca. Me agarró de las muñecas y no me dejó tocarlo hasta que me corrí.
Juan gimió bajito. Sus dedos bajaron hasta mis labios húmedos. Empezó a frotar mi clítoris, suave, como si mis palabras lo guiaran.
—Tenía esa manera de morderme el cuello… como si quisiera dejar su marca. Me llenó tanto… que estuve goteando horas después.
Noté cómo Juan temblaba. Estaba agitado, respiraba fuerte. No me miraba a los ojos. Solo se concentraba en mis gemidos.
—Y cuando terminó… me dijo que quería hacerlo con nosotros. Que quería follarme mientras tú me miras.
Eso fue demasiado.
Juan soltó un gruñido, se tiró encima de mí, y me metió la polla de golpe. Ya no había calma. Ya no había reglas. Me folló como si quisiera poseerme, marcar su territorio, competir con un fantasma.
—¿Te gusta recordarlo mientras me follas, eh? —le dije jadeando—. ¿Te excita saber que otro hombre me hizo gemir?
—Sí —soltó, con voz rota—. Me vuelve loco.
Me agarró fuerte del culo, me embistió sin piedad, con fuerza, con rabia, con deseo acumulado. Nos corrimos casi al mismo tiempo, jadeando, sudados, con los cuerpos pegados como si quisiéramos fundirnos.
Después, en silencio, me abrazó. Pero su mano no soltó mi cintura. Su cuerpo no se relajó. Y su polla… volvió a endurecerse poco a poco dentro de mí.
La tensión no se iba. El deseo tampoco.
Sabíamos que Raúl era la chispa. Pero nosotros… éramos el incendio.
Era sábado por la noche. Los niños dormían. La casa estaba en silencio. Juan estaba en el salón con una copa de vino, relajado. Yo me duché largo rato, dejé que el agua caliente me abriera el cuerpo, me soltara los pensamientos.
Salí del baño con una idea fija.
Me puse el conjunto más provocador que tenía, unas braguitas de encaje rojo que apenas tapaban algo, y un sujetador con transparencias del mismo color. Me solté el pelo y me miré al espejo. Estaba preciosa. Ardiente. Lista para provocarlo.
Fui hasta el salón con el móvil en la mano.
Juan levantó la mirada y se quedó helado.
—Ven —le dije—. Vamos al cuarto. Quiero que me ayudes con algo.
No preguntó. Se levantó como hipnotizado y me siguió.
Nos sentamos en la cama. Me puse sobre sus piernas, cara a cara. Lo besé despacio, con lengua, suave… pero no era un beso inocente. Era fuego contenido.
—Quiero mandarle una foto a Raúl.
Lo dije sin rodeos. Juan se quedó inmóvil. Sus ojos me buscaron. Tragó saliva.
—¿Ahora? —susurró.
—Sí. Pero no cualquier foto… una que tomes tú. Quiero que le muestres cómo me tienes. Quiero que vea lo que es tuyo.
Juan se quedó quieto, entre sorprendido y excitado. Lo vi. Su polla palpitaba bajo su pantalón. Le desabroché el botón sin dejar de mirarlo.
—Sácame una foto —le pedí, poniéndome de espaldas, a gatas sobre la cama—. Así, con el culo en alto… el tanga metido entre los labios. Quiero que vea lo mojada que estoy.
Escuché el clic del teléfono. Luego otro. Y otro. Juan temblaba. Me tocaba con una mano mientras con la otra sacaba fotos. Estaba fuera de sí.
—Mándasela —le dije, mirándolo sobre mi hombro—. Pero no digas nada. Solo deja que la vea.
Juan tragó saliva. Mandó la foto. Silencio. Solo el sonido de nuestros cuerpos, de su respiración, de mi coño latiendo.
—¿Crees que le va a gustar? —le pregunté, provocadora.
—Va a querer follarte ya mismo —dijo él, con la voz rota.
Me di la vuelta, lo empujé en la cama, me subí encima. Me metí su polla de golpe.
—Entonces que sepa que esta noche… me follas tú. Pero pensando en él.
Juan soltó un gemido de lo más profundo de su pecho.
Lo cabalgué lento. Firme. Como si marcara cada movimiento. Lo miraba a los ojos y le hablaba sucio. Le preguntaba si le gustaría que Raúl me lamiera mientras él me follaba. Si quería verlo tocándose mientras yo me corría sobre su polla.
Juan se retorcía debajo de mí. No sabía si correrse o suplicar.
—No te corras todavía —le ordené, apretándole el pecho—. Quiero que aguantes. Quiero que sientas que este cuerpo es de los dos… pero que él ya dejó su marca.
Volvimos a corrernos juntos. Gritando. Sudando. Fundidos.
Después de unos minutos, aún abrazados, Juan revisó el móvil. Raúl había respondido.
Solo dos palabras.
"Joder, quiero."
Juan me lo mostró sin decir nada.
Yo le sonreí.
—Pronto, amor. Muy pronto.
Los días pasaban y el deseo seguía creciendo. No necesitábamos hablar demasiado. El juego estaba en marcha y ambos lo sabíamos.
Juan me miraba distinto. Como si ya no supiera qué versión de mí tenía delante, la mujer que lo amaba, o la mujer que se había dejado follar por otro. Y lo que más le jodía… era que ambas versiones lo excitaban.
Una tarde, mientras él trabajaba desde el ordenador, me senté a su lado con el móvil en la mano y una sonrisa traviesa.
—¿Quieres saber lo que me escribió Raúl hoy?
Juan alzó la vista, tenso. Asintió sin decir palabra.
—Me dijo que no puede dejar de pensar en cómo me temblaban las piernas cuando me lo metió por detrás. Que le encantaría volver a probarme en esa posición. Que soñó con mi culo rebotando mientras tú mirabas.
Juan se quedó inmóvil. La mandíbula apretada. Su respiración se hizo más profunda.
Yo me acerqué más, le pasé la mano por la pierna, despacio.
—Le mandé un audio esta mañana. Nada subido de tono… solo mi voz, susurrándole que recordaba cómo me apretaba el cuello mientras me corría. ¿Quieres escucharlo?
Saqué los auriculares y me los puse, pero dejé que él viera la pantalla. Le di play. Mi voz sonaba suave, íntima, como si le hablara desde la cama.
Vi a Juan tragar saliva. Su polla crecía debajo del pantalón. Se estaba poniendo duro con mi voz hablándole a otro.
—¿Te jode que le hable así? —le pregunté con dulzura venenosa—. ¿O te calienta imaginar que él se pajea escuchándome, sabiendo que soy tuya?
No respondió. Solo me miró. Y ese silencio… decía todo.
Me levanté despacio, me bajé las bragas frente a él. Me incliné apenas, dejándole ver todo. La piel brillante. Hinchada. A punto de estallar.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —le dije sin girarme—. Que si yo quisiera… podría escribirle ahora mismo y decirle que venga. Que estoy sola. Que tengo ganas. Y sé que lo haría.
Juan se levantó de golpe. Me agarró de la cintura con fuerza. Me empujó contra la pared y me metió la polla de una sola embestida, sin previo aviso. Me folló con rabia. Con celos. Con posesión.
—Dilo —me gruñó al oído—. Dile que te follé contra la pared, que te corriste gritando mi nombre, no el suyo.
—Aún no me he corrido —le solté entre jadeos.
Me embistió más fuerte.
—Entonces te vas a correr gritando el mío. ¿O quieres que lo llame y te coja mientras tú lo tienes en altavoz?
Sus palabras me provocaron un espasmo de placer. Me corro temblando, con su polla golpeándome por dentro, mientras él me apretaba como si quisiera marcarme la piel.
Caímos al suelo, entrelazados. Respirando fuerte. Calientes como nunca.
En el suelo, aún dentro de mí, le acaricié el rostro y le susurré:
—¿Y si alguna vez sí le digo que venga?
Juan me miró fijo. Su polla aún dura, palpitando dentro.
—No te atreverías Ana.
La idea fue mía, claro. No fue difícil convencer a Juan. Le dije que quería una noche tranquila, hablar los tres con naturalidad, sin esconder nada. “Un reencuentro normal, con ropa puesta”, bromeé. Pero por dentro, tenía todo planeado.
Preparé la cena con mimo. Vino tinto, luces bajas, una playlist suave. Elegí un vestido corto, negro, sin sujetador, y una braguita mínima que sabía que a Juan le volvía loco. Cuando me vio arreglada, me miró de arriba abajo y no dijo nada. Pero su mandíbula se tensó.
Raúl llegó puntual. Camisa abierta, ese olor que yo recordaba perfectamente. Al saludarme me rozó la espalda con la mano. Un roce sutil, como si fuera sin querer. Pero no lo fue. Y Juan lo notó.
Nos sentamos los tres a la mesa. Al principio fue cordial, casi aburrido. Juan hablaba de trabajo, Raúl le seguía el juego. Pero yo sabía lo que hacía. Le servía vino, cruzaba las piernas lentamente, inclinaba el cuerpo al servir la ensalada. Cada gesto era una provocación.
Raúl me miraba. Directo. Sin vergüenza. Juan lo sabía. Lo sentía. Pero no decía nada.
—La verdad es que estuve pensando mucho en aquella noche —dijo Raúl de pronto, con una sonrisa tranquila.
Juan levantó la mirada. Yo también. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
—¿Sí? —le respondí, mordiéndome el labio.
—Sí. En cómo nos entendimos… sin hablar demasiado. En lo bien que se dio todo.
Juan apretó la copa. No dijo una palabra.
—Fue intenso —añadí yo, con una voz suave—. Muy intenso.
Me giré hacia Juan, le toqué la pierna por debajo de la mesa.
—¿Tú también lo has recordado, amor?
Juan asintió, pero no me miró. Seguía fijado en Raúl. Su polla empezaba a marcarse bajo el pantalón. Yo lo noté.
Raúl estiró el brazo para servirse más vino, y al hacerlo, su mano rozó mi muslo. Lo justo para que fuera ambiguo. Lo suficiente para que no pasara desapercibido.
—De hecho —continuó—, he tenido ganas de repetir. Pero claro… no quería parecer atrevido.
Juan soltó una risa seca. Sarcástica.
—Aquí los atrevidos somos nosotros —dijo—. Si estamos cenando los tres después de lo que pasó… no queda mucho pudor, ¿no?
Raúl levantó su copa, brindando.
—Por eso. Por el morbo bien llevado.
Los tres brindamos. Pero las copas temblaban. Y las ganas también.
Yo me levanté para recoger los platos. Caminé hasta la cocina, sabiendo que ambos me miraban. El vestido subía con cada paso. Lo hacía a propósito. Sentía cómo Juan ardía por dentro.
Cuando volví, puse los postres en la mesa y me incliné frente a Raúl. Lo suficiente para que viera lo que había debajo del vestido. O más bien, lo que no había.
Juan lo vio. Lo sintió. Tragó saliva. No dijo nada.
Me senté entre ellos dos. Las rodillas de los tres se rozaban por debajo. Puse una mano sobre el muslo de Juan. La otra, jugueteando con mi copa.
—¿Y si jugamos a algo? —pregunté—. Nada físico. Solo palabras. Una especie de verdad o reto… con preguntas. Pero subidas de tono.
Juan me miró con una mezcla de deseo y tensión. Raúl asintió sin dudar.
—Empieza tú —dijo, con voz grave.
—Vale. A los dos. —Me mordí el labio—. ¿Quién de ustedes se ha masturbado pensando en la última noche?
Juan me miró. Rojo. Raúl sonrió.
—Yo sí —dijo sin titubear.
Juan apretó los dientes. Su polla latía.
—Yo también —dijo al final.
Yo me reí despacio. Luego puse la servilleta en la mesa y me levanté.
—Me encanta este juego… pero tengo algo mejor. Vamos al salón. ¿Os parece?
Nos movimos los tres. El ambiente era fuego puro.
Nos sentamos en el salón. La copa en la mano, el aire espeso, las luces suaves. El silencio era más poderoso que cualquier palabra.
Yo estaba en el centro, entre ellos dos. Mis piernas cruzadas, el vestido ya arrugado en los muslos. No había forma de disimular la tensión. Y yo no tenía intención de hacerlo.
—¿Seguimos con el juego? —pregunté con tono de mando—. Pero ahora… con una pequeña diferencia. Yo hago las preguntas. Y ustedes responden. Sin mentir.
Raúl asintió, tranquilo. Juan dudó… pero aceptó. No podía evitarlo. Estaba dentro. Yo los tenía ahí, comiendo de mi mano.
—Primera pregunta. —Me giré a Raúl—. ¿Cómo te gusta más follarme? ¿Por delante o por detrás?
Juan tragó saliva. Raúl me miró sin pudor.
—Por detrás. Viéndote arquear la espalda, oyéndote gemir y ver cómo se te escapa el control. Eso me vuelve loco.
Miré a Juan. Lo vi endurecerse. Lo vi incómodo… pero sin apartar la mirada de mis labios.
—A ti no te he preguntado, amor —le dije, seca—. Esta ronda era solo para Raúl.
Juan bajó la mirada un segundo. Pero no dijo nada. Su polla seguía marcándose.
—Segunda —dije, mientras deslizaba mi mano lentamente por el muslo de Juan—. Raúl… ¿cómo crees que se sintió Juan al saber que me habías follado más fuerte que él jamás?
El silencio fue un puñal. Juan respiraba agitado. Raúl sonrió, despacio.
—Creo… que se sintió pequeño. Celoso. Pero también excitado. Porque en el fondo le gusta saber que su mujer disfruta más con otro.
Me incliné sobre Juan, susurrándole al oído:
—¿Es cierto, mi amor? ¿Te gusta saber que otro me hace gemir más que tú?
Juan no respondió. Lo miré a los ojos. Le pasé el dedo por la barbilla, dominante.
—Contesta. No te lo estoy preguntando por educación.
—Sí… me pone. Pero también me jode —dijo con voz temblorosa.
Me reí despacio, y le tomé la copa. Bebí y luego lo besé con fuerza. Le metí la lengua en la boca como si lo estuviera reclamando. Y luego me giré hacia Raúl, tomé su cara y lo besé también, suave, con lujuria.
Juan lo vio todo. Su mujer, besando a otro delante de él… con más pasión de la que solía usar con él.
—Levántate —le dije a Juan.
Obedeció.
—Desnúdate.
—¿Aquí?
—¿Hay alguien más en la casa?
Se quitó la camisa. Luego los pantalones. Quedó en ropa interior.
—Todo. No seas tímido ahora.
Juan quedó completamente desnudo. Su erección temblaba.
—Míralo, Raúl —dije—. ¿Te parece suficiente para satisfacerme?
Raúl se encogió de hombros.
—Cumple… pero no es lo mismo.
Juan bajó la mirada. Rojo. Humillado. Pero no dejó de estar duro. Todo en su cuerpo temblaba entre deseo y rabia.
—Ven aquí, amor. Arrodíllate.
Juan se puso de rodillas frente a mí. Le acaricié el pelo, suave.
—Hoy vas a mirar. Vas a aprender. Y vas a agradecer. Porque cuando te dejo estar dentro de mí, lo hago por amor. No por tamaño, ni por fuerza. Por amor.
Y luego me giré hacia Raúl.
—Tú no te desnudes. Aún no. Vamos a seguir jugando. Quiero ver hasta dónde puede aguantar Juan sin tocarse.
Juan gemía bajito. Rojo. Duro como nunca. Pero sin atreverse a hacer nada más que mirar.
Y yo estaba empapada. Reina absoluta de esa escena. Poderosa, perversa, viva.







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