Cada vez que se arregla, sé perfectamente lo que va a pasar.
Depilándose, riendo y disfrutando porque no es para mí.
El tanga no me las va a mostrar.
El coño depilado y perfumado no es para que yo lo toque.
Es para otro. Para un macho de verdad.
Para alguien con una polla gorda, dura, que la sabe follar como yo jamás podré.
Y yo me quedo aquí.
Solo.
Con la polla pequeña metida en los calzoncillos,
dura, tensa, inútil.
Esperando. Como un buen cornudo.
Como un mal follador. Como un hombre que ya aceptó su lugar.
Los primeros minutos son los peores.
Todavía tengo su olor en la nariz.
El perfume en el aire.
El eco de sus tacones bajando por las escaleras.
Y yo, en el sofá. Duro. Frustrado.
Sabiendo que otro la va a abrir de piernas, le va a escupir el coño y le va a hacer lo que yo solo puedo imaginar.
Me muerdo los labios.
Los celos duelen.
Pero también me ponen cachondo.
Me hacen sentir vivo y cornudo.
Como si cada segundo de sufrimiento fuera un pago justo por lo poco que valgo como macho.
Porque es la verdad. No sirvo para follar. Me corro rápido, no le doy placer, y mi polla es más una broma que un arma. Ella merece algo mejor. Su coño vale más que una polla de 5 centímetros. Por eso le agradezco. Porque en vez de mentirme, que podría, me pone los cuernos con orgullo. Dos buenos cuernos. De los que se notan.
Y vuelve con el coño tan reventado que no puede ni cerrarlo bien.
Yo me quedo en casa…esperando, es la soledad del cornudo.
No soy amante.
No soy su pareja sexual.
Soy su marido cornudo, picha corta e imbécil. El que limpia, el que escucha, el que cuida de su coño y lo trata con cariño. El que lo lava, le frota las piernas y le besa el coño aunque esté chorreando semen de otro.
Y lo hago con amor. Con la polla aún dura. Sin recompensa. Porque mi premio no es follármela. Mi premio es que me deje verla así: usada, sucia, puta, feliz.
Cuando ella entra por la puerta, ya lo sé todo.
Lo veo en su cara. En cómo camina. Que maravilla los gestos que me regala
La follaron bien.
La rompieron.
La hicieron gritar.
Y yo… no estuve ahí. Porque no debía estar. Porque ese no es mi sitio.
Ella se tumba. Abre las piernas. Me llama con la voz baja y dulce:
“Ven cornudito, que me duele. Cuídame.”
Y yo lo hago de manera cariñosa. Dándole mimos. Sin pedir follar. Sin molestar porque seguro que está cansada.
Le beso los muslos, le limpio el coño despacio, le agradezco y le digo cuánto la quiero y lo contento que me siento por ella. Por lo que ha tenido que disfrutar, por la aventura tan excitante que ha vivido. Por haber salido a buscar lo que yo no le puedo dar. Y por volver… a buscar lo que solo yo puedo darle, amor, mimos, abrazos, cuidos, entrega, paz, estabilidad financiera para todos sus caprichos.
Estoy solo en casa porque lo merezco, porque ese es mi papel. Aguantar los celos, sufrir en silencio, vivir con la polla tiesa sin tocarme, y esperar… a que vuelva mi puta adorada, reventada, llena de otro, y yo pueda hacer lo único que se me da bien, apoyarla y cuidar lo que otro ha usado. Como un buen marido cornudo.

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